YACUMAMA.. EL MISTERIO DE LA GRAN SERPIENTE

El cuerpo zigzagueante y resbaloso de una serpiente se deslizaba sobre el tronco  de un árbol y avanzaba con cautela hacia un pequeño paujil que picoteaba  distraído los gusanos que salían de la madera. El aleteo insistente de una mariposa azul, del tamaño de la palma de una mano, espantó el pájaro, que salió volando en el preciso instante en el que la culebra se lanzaba sobre él. Entre las matas, un otorongo observaba la escena en silencio esperando lanzarse sobre la serpiente. ¿Plan! Se escuchó en el agua cuando la culebra cayó a la laguna desde    la rama del árbol.


Definitivamente, los días eran tranquilos y calurosos en este rincón aparentemente olvidad De la selva. A cierta distancia de la laguna, las mujeres trabajaban en la chacra mientras los chiquillos  recogían fruta de los árboles  y los hombres preparaban sus botes para ir al rio a pescar o alistaban sus cerbatanas y flechas para cazar.
    Nadie, sin embargo, se atrevía a acercarse a la laguna, pues aunque parecía calmada y apacible  y los peces brincaban juguetones en el agua, todos sabían que albergaba un terrible peligro.         
            De padres a hijos y de generación en generación Se había repetido la misma advertencia sobre la laguna: ¡tiene madre! Y todos suponían que se trataba de una madre muy celosa pues no le gustaba que nadie se acercase ni siquiera por los alrededores o que intentase pescar en ella.             
     De tiempo en tiempo, aparecía por el lugar algún desconocido que, ignorando lo que se decía de la laguna, soñaba con hacer una buena jornada de pesca y se aventuraba en ella. Muchos de aquellos atrevidos no lograban salir con vida, pero los que alcanzaban a escapar acudían al pueblo a contar muchas historias. Cierta vez apareció un pescador que aseguraba  haberse encontrado con la madre de la laguna. Decía que la había  visto la cara y que estaba del rostro de mujer más hermoso  que jamás antes había visto. Sus cabellos largos y sedosos brillaban como la espuma bajo el sol, sus mejillas tersas reflejaban la palidez de la luna y en el verde claro de sus ojos se podía descubrir el fondo  de la laguna.


     Sin embargo, el mismo pescador afirmaba que todo  resto del cuerpo era el de una monstruosa serpiente gigante que se enroscaba formando múltiples anillos. Y si se estiraba nada parecía quedar  fuera de su alcance, y si se encogía podía convertirse en una pared infranqueable contra la cual un barco hubiera podido destruirse.
Al verla, el pescador había quedado fascinado y ni siquiera intento escapar porque la anaconda lo había rodeado observándolo de cerca.
--- ¿Cómo es que no intentas huir?--- pregunto.  ---No soy más valiente que cualquiera y las  piernas me tiemblan al verla, pero su belleza me paraliza ---- respondió el hombre en voz tan baja que apenas si se le podía escuchar.
El pescador suponía que si la serpiente tenía el rostro de mujer, también podría tener un corazón humano, y entonces él podría salvar fácilmente su vida apelando a su vanidad.
    ----Márchate este es mi hogar y no me gustan las visitas ---- advirtió la anaconda estirando su cuerpo fuera del agua.
----solo dígame quien es usted, ¿Cuál es su nombre? --- insistió el pescador.
---- eres atrevido al hablarme, ¿Cómo es que tienes el valor de hacerlo? Yo soy Yacumama, la madre del agua a la que todos temen.
Mientras hablaba, el pescador había dirigido su bote hacia la orilla y en cuanto este tocó tierra
Se despidió cortésmente de la que creía era una diosa y se alejó de la laguna sin intención de volver. Luego de que contó su historia, nadie lo volvió a ver por el lugar.
Pero no todos tenían la misma suerte, tampoco ante todos se presentaba Yacumama luciendo una forma encantadora.
Los ancianos solían contar que hubo un tiempo en que el rio dejó de llevar agua, apenas un arroyito delgado se perdía en el inmenso cauce seco. Las plantas se morían de sed y la tierra no producía más que lagartijas. En ese momento, viendo que la laguna mantenía la misma apariencia saludable y llena de peces y sin saber de qué otra forma calmar el hambre de sus hijos, los hombres se arriesgaron a entrar en ella con sus botes.

No había avanzado mucho cuando el agua se agitó. Comenzaron a formarse pequeñas ondas, las que pronto se hicieron olas y en poco tiempo toda la laguna era una masa de agua furiosa golpeando contra las balsas. Los hombres trataban, con todas sus fuerzas, de remar hacia la orilla pero no lograban moverse. Todos sus esfuerzos eran inútiles, algo parecía haberlos atrapado y no estaba dispuesto a dejarlos ir.
De pronto, una piel rugosa comenzó a surgir del agua. Una enorme cabeza con ojos saltones  y brillosos asomó en la superficie. Un instante después, el resbaloso cuerpo de serpiente de la Yacumama envolvía las balsas entre sus anillos, ajustando poco a poco mientras las arrastraba bajo las aguas. Se oían los gritos de auxilio de los que habían quedado atrapados y se veían los manotazos desesperados de los que       habían caído al agua. La confusión, los gritos y el llanto invadían el lugar.
Cuando la laguna volvió a la calma, muchos pequeños trozos de madera quedaron flotando a la deriva por la superficie. El silencio volvió a extenderse sobre las aguas y pronto solo se oyó el canto de las aves.
Durante mucho tiempo la gente en el pueblo recordó esa mañana y lloro por los  parientes  que había perdido en la laguna. Aun cuando las lágrimas se agotaron y solo quedaba el  recuerdo convertido en advertencia, se seguía repitiendo los nombres de los que habían muerto desafiando a la laguna. Desde entonces, nadie en el pueblo se había atrevido a regresar por los dominios de la madre del agua.
Sin embargo, cada cierto tiempo llegaba al pueblo algún visitante de tierras lejanas que pre-tendía pescar en la laguna, sin saber lo que en ella había. Entonces, casi siempre el más viejo del pueblo era el encargado de hablarle de yacumama.


Hubo una vez en que la noticia de un bote que avanzaba por el río rumbo a la laguna llegó demasiado tarde. Los más jóvenes corrieron para intentar detenerlo pero aún estaban lejos cuando vieron que la barquita tocaba los bordes de la laguna. Una cabeza de brillantes ojos amarillos se asomó en el agua, observando todo muy de cerca.
Durante varios días el bote había navegado a la deriva por los ríos que se cruzaban en el camino, siguiendo la ruta que le marcaba la corriente y sin más auxilio que una remada ocasional para salir de algún banco de arena.
El viajero no parecía muy interesado en el rumbo que tomaba su bote, sino que se empeñaba en preparar cuidadosamente su anzuelo y lanzarlo al río con fuerza. Sin importar cuántas veces lo intentaba, el resultado seguía siendo el mismo: el arpón regresaba vacío. A veces, cuando el río se ensanchaba, el pecador cogía la red y la extendía sobre el agua con la esperanza de pescar una presa. Aguardaba largo rato antes de levantar la trampa, pero tampoco entonces conseguía otra cosa que algún pequeño pacú desorientado en medio de una maraña de hilos.
Sin duda, los ríos estaban vacíos. El hombre se preguntaba qué podía haber sucedido, como habían llegado a vaciarse de peces las corrientes. Se sentía desolado pensando en lo que podía haber ocurrido. Como era posible que después de tantos días de faena debiera volver a su casa con las cestas vacías. Imaginaba los reproches de sus hijos y el rostro de sorpresa de su mujer cuando lo vieran llegar.
Sin muchas esperanzas de que su suerte cambiara,
El pescador lanzó una vez más el anzuelo. No pasaron más de una par de segundos antes de que percibiera que algo había picado. Con cuidado, pero manteniendo el brazo firme, tiró de la cuerda sin dar oportunidad a su presa de liberarse. El animal peleaba con fuerza, pero el pescador, que sujetaba ola cuerda con una mano, arrojo con destreza una red corta en la que terminó de enredarse un joven paiche. Lo subió al bote mientras el animal aún daba saltos tirando de volver al agua.
Agotado por la repentina faena, el pescador se sentó tratando de recuperar el aliento. Admirando su reciente captura se convenció de que su suerte acababa de cambiar. Levantó la cabeza para observar con detalle el lugar en el que se encontraba.
Sin duda era un paraíso: las aguas verdosas de una laguna amplia y calmada se extendían frente a su bote. Los arboles cargados de frutos se inclinaban suavemente sobre las aguas proyectando su sombra fresca sobre el navegante. Se escuchaba el chillido de los pequeños monos    
Tratando de imponerse al concierto  de aves y mariposas         multicolores revoloteaban alrededor.
    El pescador no salía de su asombro e imaginaba que acababa de descubrir un lugar en el que ningún otro humano había estado jamás. Volvió mirar al paiche que ahora yacía quieto  a un lado del bote e imaginó la abundante pesca que lograría ese día. Por fin podría volver        a su casa con una buena carga para alimentar a su familia y comerciar con sus vecinos.


    ----- Debería haber traído a mis cuñados ------ se decía a sí mismo ----, podríamos haber capturado más peces. Espero recordar la ruta que me trajo hasta este lugar desconocido y así regresar muchas veces.
    Tan absorto estaba el pescador en sus pensamientos que apenas notó el primer cambio en el movimiento de las aguas: había comenzado   a inquietarse y pequeñas ondas se formaban por todas partes. Cuando el oleaje en la apacible laguna se hizo más notorio, el pescador supuso que se debía a la cantidad de cardumen que se desplazaba debajo de la superficie, y estirando
La cabeza hacia el frente trató de observar con mayor detalle el movimiento de las aguas.
    Desde los árboles algo distantes de la laguna, sobre los cuales se había trepado los muchachos del pueblo para alertar al pescador, se alcanzaba a ver a un hombre de pie en el centro del bote, algo inclinado hacia el frente  y con la mirada clavada en el agua mientras detrás de él la gigantesca Yacumama se elevaba imponente.
    No se sabe si fue la sombra de la yacumama reflejada en la superficie o tal vez el agua que levantó al salir de la laguna lo que alertó al hombre, el hecho es que al volver la cara       el pescador se encontró con un gigantesco cuerpo escamoso balanceándose sobre él.
   Se sentía paralizado por el pánico. Sin saber qué hacer ni a quién más recurrir, el hombre suplicaba la ayuda de sus dioses, prometiéndoles ofrendas y sacrificios si lo libraban de ese peligro. “¿Quién cuidará de mis hijos?”, repetía constantemente, como tratando de enfatizar la urgencia y necesidad de ser salvado.
    Los hombres del pueblo, que también estaban aterrados, buscaban una forma de ayudar al extraño sin arriesgar sus propias vidas. Por eso, en cuanto descubrieron una pareja de sachavacas pastando tranquilas, las atacaron con piedras y semillas obligándolas a correr hacia la laguna. El alboroto que armaron los animales con sus chillidos fue tan grande que nada quedó en paz. Incluso la Yacumama, que ya casi caía sobre el bote del pescador, termino por regresar a la laguna sin su presa.
    Al lanzarse al agua, la anaconda lo hizo con tanta violencia que empujó al hombre y a su bote hasta la orilla. Con la sacudida, el paiche también dio un brinco de regreso al agua.
  Más tarde, mientras era atendido por la gente del pueblo, el hombre narraba su aventura asegurando que había sido su dios quien había enviado a las sachavacas para salvarlo. Nadie lo contradijo, solo se miraron pensando que tal vez así había sido, pues todos sabían     que no era frecuente ver sachavacas en esa región.
    Aunque, por cierto, no faltó uno que insistió en que el pescador se había salvado al rogar por sus hijos, “ Es que la Yacumama también ha sido madre”, dijo, y los que conocían la historia movieron la cabeza afirmativamente: Yacumama también había sido madre.
   Era por eso que las noches de luna, la gente que vivía cerca del espeja de agua cerraba bien las puertas y ventanas de sus casas, pues temía que la Yacumama sintiera la voz de un niño y fuera por él creyendo que era suyo.
    Dicen que mucho tiempo antes de que la gente de los alrededores llegara a la región, la laguna estaba habitada por sirenas que salían a la orilla solo por las noches. Cierta vez, un pescador que había tomado el camino equivocado en el cruce de los ríos se perdió  y llegó al lugar en el preciso momento en que apagaba la tarde.
    Desprevenidas de la presencia del extraño, las sirenas salieron del agua   convertidas en hermosas mujeres y aún con los pies en el agua  comenzaron a cantar a la luna que se reflejaba en el agua. El hombre las observaba maravillado y en silencio desde unos matorrales. Las muchachas parecían resplandecer bajo la luz plateada .El joven pudo haber permanecido oculto el   resto de la noche si no se hubiera topado con  una sachavaca que buscaba un lugar para dormir. Sorprendidas con los chillidos del animal,  las sirenas se lanzaron de regreso al agua .solo  una, la más curiosa, se atrevió a caminar hasta  donde se encontraba el pescador. Era la hija del dios del agua y, por si fuera poco, la mujer con la voz más armoniosa de  todas las que habían cantado a la luna. Ella se acercó hasta donde se ocultaba el joven y lo invitó a seguirla.
Aunque era muy hermosa, el pescador sintió algo de temor e intentó rechazarla, pero ella, como toda una deidad, lo supo  convencer de que no debía temer. La sirena tomó al joven de la mano y lo levó hasta el fondo de la laguna donde se encontraba su padre. Desde esa noche, el pescador pasó todas las noches con la diosa de la laguna. De día, sin embargo la muchacha se transformaba en una inmensa serpiente y recorría veloz las aguas de la laguna. Una tarde en la que la joven nadaba cerca del   bote del pescador,  descubrió una sombra de tristeza en la mirada de su amado. La nostalgia por  la familia que estaba lejos se había apoderado de su corazón. ”Vallamos de visita “, le propuso la  muchacha y el pescador volvió a sonreír. Él remando en su canoa y ella nadando muy cerca de  él avanzaron todo el día, hasta que, al caer la tarde, llegaron donde la madre del pescador.  Esa noche la familia quedó fascinada con la  esposa del joven. No solo era hermosa y tenía   una  mirada dulcemente encantadora, sino que   su voz era tan armoniosa que hasta las aves se  callaban para escucharla cantar.  Al llegar la mañana la muchacha ya no estaba. Y era porque el joven, después de esconder a su esposa convertida en serpiente en una cesta que cubrió con sus ropas, le dijo a su madre que iría con su mujer a la chacra y después al  río, por lo cual no volverían sino hasta muy entrada la noche. Antes de marcharse le advirtió,  sin embargo, que se cuidara de no andar revolviendo entre sus cosas.  Poco después de que el joven se marchó, la  madre empezó a mirar las pertenencias de su  hijo y encontró a la serpiente acurrucada en la canasta. La mujer se asustó mucho  y comenzó a golpearla tratando de matarla. La serpiente,  que en realidad era la sirena – esposa del pescador, logró escapar y se deslizó hasta el río. Mal trecha, alcanzó a regresar a la casa de su padre. Cuando el joven se enteró de lo que había sucedido reprochó la curiosidad  de su madre y  salió en busca de su mujer, temiendo la ira del  dios del agua .No había avanzado medio camino cuando el  río se tornó violento. Fuertes remolinos empujaban  la balsa de un extremo al otro y amenazaban  con hundirla. Cuando por fin llegó a la entrada  de la laguna, las aguas de habían desbordado y no quedaban tierra seca por ninguna parte. Un nuevo  golpe de agua volcó la embarcación y el joven cayó al agua. Estaba apoco de ahogarse cuando una anaconda lo rescato. Era su esposa que había salido a buscarlo a pesar de sus heridas. En el momento en que las aguas volvieron ha su cauce, el pescador noto que de toda su familia  solo él había sobrevivido, y lamento que hayan tenido un mal fin. El joven espero hasta que la tierra se secó lo suficiente para bajar del árbol en el que había pasado todo este tiempo y construir una casa cerca del rio, donde vivió todos los días con su mujer-serpiente.


Al nacer su hijo, la pareja se puso muy contenta imaginando los buenos tiempos que pasarías juntos. Pensaban en todos los conocimientos que querían enseñarle y las malas costumbres que le procurarían corregir.
Durante las mañanas el hombre echaba su bote al rio y se iba a pescar mientras la joven convertida en anaconda, entretenía al niño con sus juegos. Por las noches, la muchacha en forma humana acariciaba a su hijo y a su esposo mientras cantaba para ellos con su hijo, la anaconda fue a bañarse en el río.   Habían pasado apenas algunos minutos cuando  escuchó que su pequeño la llamaba con mucha insistencia, no tardó en regresar y encontrarse  con un  jaguar acechando la casa. Temerosa  de  la  amenaza que significaba para su hijo, la anaconda se lanzó sobre él y se enredaron en  un feroz  combate.
    Ambos  eran  fuertes, pero el jaguar  tenía  garras  afiladas  con  las que  rasgó varias veces el cuerpo de la anaconda .Aunque  ella  no tenía  veneno ,´su mordedura era  muy dolorosa  y fa-tal . El felino la atrapó entre  sus fauces ,pero la serpiente  lo golpeó con su alargado  cuerpo  y luego  se enredó en torno a él .El jaguar trataba de morderla y darle de zarpazos ,pero  ya  no  pudo  moverse  más: la anaconda ,como una es-piral ,se ajustaba cada vez más sobre el jaguar,  quebrando su cuerpo .                                       
    Finalmente  con  apenas  un  hilito de  vida,  ella venció. El jaguar  yacía  muerto  a  un  lado  de la casa .preocupada  por  la seguridad  de su hijo ,la serpiente se deslizó hasta el interior  de 
La  habitación  donde  halló a salvo  al pequeño. Se encontraba sobre la calma llorando y con una  expresión de susto en el rostro.  Suavemente, se  ovilló en torno  al pequeño, calmándolo. Permanecieron en  esa postura el resto de  la  tarde.  
    Mientras  la noche se  acercaba , la  anaconda se  iba transformando en mujer .Su  gigantesco cuerpo  tubular  se iba  encogiendo  y tomando forma: el tórax largo y delgado ,la cintura  angosta ,los brazos y las piernas  firmes . Cuando  la luna ya estaba en el centro  del  firmamento,   el  pescador  llegó a su casa  y encontró el  bello  cuerpo de su esposa  totalmente  magullado  abrazando al niño que sonreía a salvó.               
    El  pescador   confirmo  la  valentía  de su  esposa y lloró silenciosamente  mientras  le curaba  las heridas. Sin estar  muy  seguro  de  lo  que iba a hacer, alzó al niño y lo llevó hasta la laguna. Allí el dios de las aguas lo esperaba para escuchar sus suplicas.
 -Padre, toma a nuestro hijo y protégelo.
   Mi esposa, tu hija, casi ha muerto por defenderlo
 –imploró el pescador.
--Si  lo  hago nunca más podrás reclamarlo porque lo llevaré conmigo al  fondo de la laguna y vivirá  allí  para  reinar conmigo  -repuso el dios.
       -Acepto – dijo  el  pescador-, pero llévatelo antes de que despierte tu hija.                     
    Así lo hizo. El  dios  acuático  tomó  al  niño  entre sus brazos  y se hundió con él  en la laguna ,mientras  el pequeño agitaba  su pequeño  brazo  diciendo adiós. 
    Pasaron  varios días  y  sus  noches  antes  de   que  la  mujer  - serpiente  pudiera  recobrar  el sentido.  Cuando  por  fin  pudo  hacerlo,  reclamó  a  su hijo, pero el niño ya no estaba allí.
      -Lo envié  con  tu  padre ,allí estará a salvo y tú podrás pasar todo el día con él – dijo  el marido.
           -¿Qué  has  hecho?  Ya  nunca  más podrás verlo – dijo  la   muchacha, repitiendo sin saber  lo que había advertido  su padre. 

Desde aquella  noche, la anaconda pasaba  todo el día en el fondo de la laguna, viendo   crecer
  Ala joven y hermosa mujer que visitaba la cabaña del viejo pescador cada noche. Aunque muchos dijeron haber visto brincando en las aguasa un joven delfín. 
         Cuentan los viejos que muchos años después hubo incluso otra ocasión en que la anaconda se enfrentó a un jaguar. Por largo tiempo, la casa de la laguna había estado abandonada, la gente del pueblo temía que la anaconda volviera a reclamar  su casa, hasta un día que llego por el rio una pequeña embarcación. Sus únicos pasajeros         : un joven navegante y un niño de casi tres años


         Al encontrar la casa vacía el hombre decidió repararle y quedarse allí .pasa varias horas chotando carrizos y hojas para reparar el techo, remplazo  algunas vigas y final mente pudo instalarse allí con su hijo.
         El panorama dela laguna era deslumbrante tanto de día como de noche, aunque siempre temía la extraña sensación de que alguien observaba cada uno de sus movimiento. Pensó que era su imaginación avivando el recuerdo de su esposa 
Muerta poco tiempo atrás. Cuando eso sucedía buscaba con la mirada el rostro de su hijo, tan parecido a su madre  y se sentía en paz.
         Durante las mañanas, el hombre salía a casar y el pequeño se entretenía jugando en la casa o a la orilla de la laguna, desde donde era observado por los ojos atentos de la anaconda .Un día cuando el sol ardía en lo más alto del  cielo, un enorme jaguar se agazapo entre las matas de yerbas, acechando al niño. La anaconda, que también vigilaba los movimientos del pequeño, descubrió el felino y sin hacer ruido se deslizo por el borde del agua hasta que estuvo muy cerca de animal.
         En el mismo instante en el que el jaguar intento saltar sobre el pequeño, la serpiente se lanzó sobre él, enrollándose en el cuerpo de felino en el y apretándolo en sus anillos con fuerza.
         Había pasado mucho tiempo desde la última vez en que la anaconda se había enfrentado a un jaguar, y aún  seguía muy fuerte, el felino lo era también, los gritos del horror del pequeño alertaron a los vecinos, quienes
Quedaron paralizados al ver la pelea. Ninguno se animó a intervenir. Finalmente, la serpiente dio una última tirona sus anillos y a las costillas del jaguar cedieron. El animal cayó muerto.
         El niño camino hasta donde había caído su salvadora, también casi muerta, y le acaricio la cabeza. La sanadora del pueblo, que estaba cortando yerba cuando escucho los gritos del chiquillo aplasto varias hojas con una piedra y las coloco en las heridas de la serpiente. Pasaron vario0s días sin que la anaconda se moviera, ni siquiera para comer. Pero un día de que la yerba se acercaba con sus emplastos, la vio deslizarse rápidamente la hasta el agua. En su lugar solo quedaba una piel de serpiente vacía.
         La anaconda estaba establecida, en parte gracias a los amasijos preparados por la curandera, pero principalmente por el amor del niño al que había salvado. El pequeño llegaba cada mañana con frutas que ponía en la baca de la serpiente y se quedaba con ella un buen rato, hasta que algo distraía su curiosidad. Desde que la ser5pienteregresado al
.agua. Al niño solo lo bastaba nombrarla para que ella no tardara en aparecer .”Yacumama”, llamaba el chiquillo cuando quería alguna cosa .al padre comenzó a preocuparle  la amistad de su hijo con la serpiente pues sentía cierto temor que pudiera lastimarlo. Pero con el tiempo  termino por aceptarla.
         El niño fue creciendo hasta convertirse en un vigoroso joven, y como había crecido junto a la laguna se convirtió en pescador. Con la ayuda de yacumama el muchacho siempre lograba tener buenas faenas y tener y poco y poco fue despertando la envidia de los demás pescadores que no se sentían favorecidos.
         Aunque el joven distribuía parte de pesca con los que avían tenido menos suerte, la envidia siguió creciendo. Por muchos esfuerzos que hacían los demás pescadores para demostrar que eran mejores, ninguno podía superarlo .Organizaban competencia que el muchacho ganaban sin esfuerzo y armaban pruebas que nadie más que él lograba superar.


Hasta que por fin se dieron cuenta de que
El  motivo de  tanta  suerte  era  la  anaconda que lo protegía y decidieron atacarla. Con engaños  enviaron  al joven al  monte y disfrazaron  a otro  con las ropas del  muchacho.  “Yacumama, yacumama”,  fingió la voz el   impostor y apenas  la serpiente apareció  los  demás  saltaron sobre ella  y  comenzaron a  golpearla.
Sorprendida  por el ataque, algo confundida  por el motivo  que tenían  y muy  enojado  por  la  agresión, la  anaconda se estiro y se volvió contra sus atacantes. Su cuerpo de más de cien kilos  no  era  nada  fácil de contener  y aplastar bajo su peso  a varios de los jóvenes más fuertes de la aldea. A  muchos  más los lanzó a metros  de distancia  y a los que porfiaban los envolvió en sus anillos y los  arrastró hasta el fondo da la laguna.
Cuando el joven pescador volvió a la aldea, encontró  a  los viejos y a las  mujeres  llorando por el ataque de la anaconda.  Los  mejores y más fuertes de los hombres del pueblo habían sido destruidos por el monstruo de las aguas. El muchacho no podía creer  que  su amiga  hubiera  podido causar tanta destrucción durante su ausencia. Alarmado, alarmado, lamentando la desaparición de sus vecinos  llamó a yacumama y sin dejarle que le contara lo que había  sucedido, la censuró por haber  causado tanto daño la regañó durante  sin darle tiempo de explicarle y luego se marchó asegurando que guaría volver a verla nunca más.
Allegar a su casa lo esperaba su padre, ya muy anciano, que había permaneció en casa  todo el día y sabía al detalle todo lo que realmente había sucedido, y no como se lo habían contado el pueblo. El joven escuchó en silencio el relato  de su padre, lamentando lo injusto que había sido con su única verdadera amiga y la manera  tonta en la que había caído en el engaño de los egoístas. Volvió a la laguna a buscar a  la llamó  varias veces pero ella no apareció. Un día tras otro el joven regreso al mismo lugar, repitiendo su llamada, pero no obtuvo respuesta. Al  cabo de varias semanas, una tarde, cuando comenzaba a caer el sol, se escuchó armonioso pero    triste que venía de la laguna. Eran las  sirenas que salían a la  orilla a cansarle  a la luna. -¿por  qué están tristes?  - pregunto el pescador.
_la anciana   yacumama ha muerto _contestó la más joven.
_le explotó corazón por la tristeza  _ dijo  otra. Sirena.  
_ ¡tradición! _ declaró  uno más.
_NO, fue el corazón injusto del amigo lo que le guitó  las  ganas de vivir _ sentenció la primera. El joven pescador  se sentido  culpable de la de la muerte de su amiga. ÉL  la había  acusado sin siguiera escucharlas lo que ella tenía que decir. Ahora  ya no podía hacer nada, su amiga se había marchado para siempre.
_yo fue ese traidor injusto _reconoció el  muchacho _, llévenme con ella. Güiro pedirle  perdón  aunque no puedo irme.
Las sirenas se miraron  entre ellas con cierta duda  antes de preguntarle si conocía las consecuencias de bajar al mundo de las sirenas. “NO me importa”, respondió el joven atacado por el dolor y la culpa. Las sirenas, a las que poco  les importa  la vida de los humanos, no se cansaron de advertirle que todo aquel que entraba al mundo subacuático ya no podía salir, al menos no con vida.
Sin esperar  a que insistiera, las muchachas lo tomaron de las manos y se sumergieron arrastrando al joven con ella. De inmediato el silencio volvió a reinar en la laguna.
Nunca más se volvió a saber del joven  pescador. Hay quienes piensan que se quedó viviendo en el mundo de las sirenas; otros, mucho más fatalistas, aseguran que se ahogó.

Lo único cierto es que desde el ataque a la yacumama, la relación entre los pescadores y las anacondas no volvió a ser amistosa. Los hombres comenzaron a mirarla con temor y hasta con cierto odio, imaginando constantemente lo que sería atacado por una de ellas. Las anacondas tampoco parecen haber olvidado la ofensa y desde entonces, cada vez que aparecen cerca de algún lago o rio, los peces se ocultan y la pesca se hace cada vez más pobre. Eventualmente nace un niño que parece tener una buena relación con las serpientes, entonces los hombres se alegraban y esperan que se convierta en pescador para que se pueda restablecer la antigua comunicación con los seres del agua. Pero casi siempre sucede lo contrario: el pequeño termina alejándose de las fuentes de agua y se convierte en cazador.